Este cuento lo tenía armando en mi mente desde hace unos meses. Aquí se los dejo.
Siempre supe que era una bruja. Al principio cuando pasaba cerca agachaba la cabeza para no verla a los ojos, no fuera a ser que me hiciera algún encanto como esos que cuenta la abuela. Sólo de lejos me le quedaba viendo, siempre con su mismo vestido negro y un rebozo amplio que estaba segura que era para cubrir sus alas de petate, aunque Renata decía que era una gran joroba.
(fragmento)
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14 noviembre 2008
24 septiembre 2008
09 agosto 2008
Monstruos blancos
Este es un experimento que hice. Le llamo cuento poético. Les comparto un fragmento.
El cielo ha dejado de precipitarse por mi ventana. Está tan alta que la luz se proyecta en una columna larga que me persigue todo el día. Por eso prefiero cuando todo está oscuro y sólo se escuchan gemidos de viento.
Dicen que deje de esperarte todas las noches. Mas ellos saben que vendrás un día con tus ojos sin blanco y me llevarás de aquí. Así que no les hago caso y te sigo esperando en mi cuarto oscuro hasta que la columna luminosa llega a las paredes.
...
A veces me acuerdo mucho de ti. Golpeo los muros que se estremecen como almohadas y vacío mi aliento en un grito dilatado. Pero luego vienen enfermeros con una estela clara en las manos y me disfrazan de blanco igual que ellos.
Yo sé que son monstruos que comen la sombra de los niños. Son los mismos que te llevaron cuando estaba limpiando la luz de tu cuerpo. Me tienen encerrada para que no te busque en la aureola en la que te fundieron.
(fragmento)
El cielo ha dejado de precipitarse por mi ventana. Está tan alta que la luz se proyecta en una columna larga que me persigue todo el día. Por eso prefiero cuando todo está oscuro y sólo se escuchan gemidos de viento.
Dicen que deje de esperarte todas las noches. Mas ellos saben que vendrás un día con tus ojos sin blanco y me llevarás de aquí. Así que no les hago caso y te sigo esperando en mi cuarto oscuro hasta que la columna luminosa llega a las paredes.
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A veces me acuerdo mucho de ti. Golpeo los muros que se estremecen como almohadas y vacío mi aliento en un grito dilatado. Pero luego vienen enfermeros con una estela clara en las manos y me disfrazan de blanco igual que ellos.
Yo sé que son monstruos que comen la sombra de los niños. Son los mismos que te llevaron cuando estaba limpiando la luz de tu cuerpo. Me tienen encerrada para que no te busque en la aureola en la que te fundieron.
(fragmento)
Marchitas
Un fragmento de otro cuento que hice hace tiempo, espero que sea de su interés.
La ventana me arrojó un pedazo de aire que tiró las flores que tengo desde hace unos días. Ya estaban marchitas, así me gustan más porque no necesitan agua y pesan menos. A veces Pilar me da ramos tan grandes que tardan mucho en secar pero son más alegres porque sus pétalos comienzan a llover en muchos colores, como si quisieran inmortalizarse al cromar la mesa.
Cuando Pilar me vio por primera vez dijo que me parecía al óleo que tenía colgado en su sala. Fue en un bazar de reliquias; yo estaba entre una silla de caoba con asiento de terciopelo color vino y un enorme candelabro sostenido por un ángel plateado que era la atracción del lugar. A pesar de las grandes alas del ángel podía ver a Pilar observándome mientras platicaba con el anticuario. Al principio pensé que miraba al candelabro pero cuando oí que habló de flores supe que se refería a mí. Después de unos minutos se dirigió a donde estaba, me contempló por un momento y me llevó a su casa.
...
A Pilar tampoco le gustan las flores. Cuando algún pretendiente le da un ramo, inmediatamente toma la más grande, le da sonriendo un abrazo al joven y le espina el tallo en la nuca. Después, esconde el tallo entre las demás y me las entrega. Esperamos a que estén tan muertas que empiecen a llorar en pedazos y entonces ella los tira por la ventana para que vuelen como espinas que se incrustan en el amanecer.
(fragmento)
La ventana me arrojó un pedazo de aire que tiró las flores que tengo desde hace unos días. Ya estaban marchitas, así me gustan más porque no necesitan agua y pesan menos. A veces Pilar me da ramos tan grandes que tardan mucho en secar pero son más alegres porque sus pétalos comienzan a llover en muchos colores, como si quisieran inmortalizarse al cromar la mesa.
Cuando Pilar me vio por primera vez dijo que me parecía al óleo que tenía colgado en su sala. Fue en un bazar de reliquias; yo estaba entre una silla de caoba con asiento de terciopelo color vino y un enorme candelabro sostenido por un ángel plateado que era la atracción del lugar. A pesar de las grandes alas del ángel podía ver a Pilar observándome mientras platicaba con el anticuario. Al principio pensé que miraba al candelabro pero cuando oí que habló de flores supe que se refería a mí. Después de unos minutos se dirigió a donde estaba, me contempló por un momento y me llevó a su casa.
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A Pilar tampoco le gustan las flores. Cuando algún pretendiente le da un ramo, inmediatamente toma la más grande, le da sonriendo un abrazo al joven y le espina el tallo en la nuca. Después, esconde el tallo entre las demás y me las entrega. Esperamos a que estén tan muertas que empiecen a llorar en pedazos y entonces ella los tira por la ventana para que vuelen como espinas que se incrustan en el amanecer.
(fragmento)
18 marzo 2008
La Princesa de las Jacarandas
Este es sólo un fragmento de mi nuevo cuento. Espero sus comentarios.
Valentina quitó la envoltura del algodón y empezó a comerlo. Cuando hubo terminado sintió cosquillas en su espalda. Al voltear observó que sobre su vestido comenzaban a surgirle grandes alas de color morado. De pronto se fue empequeñeciendo hasta ver el césped y las flores del parque gigantes. Era una pequeña mariposa.
Estuvo volando por mucho tiempo. Conoció lugares increíbles como cascadas con peces brillantes y praderas donde el viento la mecía dulcemente. Pasó por ríos de varios colores, por llanos inmensos y por lagunas que reflejaban el paso cansado de las nubes. A veces descansaba sobre alguna piedra o alguna rama para contemplar feliz todas aquellas cosas nuevas, pero, ansiosa de conocer, se levantaba y volaba más y más lejos.
Cuando se elevó sobre unas montañas enormes que parecían trepidar a su paso, Valentina vio el jardín de árboles dormidos que le había platicado el señor. Había muchos árboles y todos estaban secos, con las ramas abatidas. Cerca de ellos había enanitos de pelo largo y manos puntiagudas. Era tan extraño ver tantos árboles sin hojas, ni flores ni frutos.
...
En la oscuridad escuchó los murmullos de las mariposas que se le iban acercando, conforme sus ojos se acostumbraron fue viendo a todas a su alrededor. Valentina les preguntó llorando qué hacían ahí, qué iba a pasarles. Le explicaron que los enanitos cuidan los árboles para que no se llenen de flores, cuando ven que a alguno le salen hojas las cortan de inmediato para que no florezcan, aunque han hecho eso tanto tiempo que todos los árboles ya se habían secado por completo. Hace mucho que ninguna flor nace en esas ramas, pero guiadas por la historia del jardín de árboles dormidos las mariposas se acercan a observar y los enanitos atrapan a las moradas porque están seguros que son flores que vuelan.
(fragmento)
Valentina quitó la envoltura del algodón y empezó a comerlo. Cuando hubo terminado sintió cosquillas en su espalda. Al voltear observó que sobre su vestido comenzaban a surgirle grandes alas de color morado. De pronto se fue empequeñeciendo hasta ver el césped y las flores del parque gigantes. Era una pequeña mariposa.
Estuvo volando por mucho tiempo. Conoció lugares increíbles como cascadas con peces brillantes y praderas donde el viento la mecía dulcemente. Pasó por ríos de varios colores, por llanos inmensos y por lagunas que reflejaban el paso cansado de las nubes. A veces descansaba sobre alguna piedra o alguna rama para contemplar feliz todas aquellas cosas nuevas, pero, ansiosa de conocer, se levantaba y volaba más y más lejos.
Cuando se elevó sobre unas montañas enormes que parecían trepidar a su paso, Valentina vio el jardín de árboles dormidos que le había platicado el señor. Había muchos árboles y todos estaban secos, con las ramas abatidas. Cerca de ellos había enanitos de pelo largo y manos puntiagudas. Era tan extraño ver tantos árboles sin hojas, ni flores ni frutos.
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En la oscuridad escuchó los murmullos de las mariposas que se le iban acercando, conforme sus ojos se acostumbraron fue viendo a todas a su alrededor. Valentina les preguntó llorando qué hacían ahí, qué iba a pasarles. Le explicaron que los enanitos cuidan los árboles para que no se llenen de flores, cuando ven que a alguno le salen hojas las cortan de inmediato para que no florezcan, aunque han hecho eso tanto tiempo que todos los árboles ya se habían secado por completo. Hace mucho que ninguna flor nace en esas ramas, pero guiadas por la historia del jardín de árboles dormidos las mariposas se acercan a observar y los enanitos atrapan a las moradas porque están seguros que son flores que vuelan.
(fragmento)
23 febrero 2007
Huesos y hojas
Este cuento lo escribí en el 2002 dentro de la Casa del Faldón, cuando tomaba el diplomado en creación literaria de la Escuela de Escritores de Querétaro (SOGEM). Fue premiado en el concurso de literatura del Tecnológico de Monterrey Campus Querétaro y en el concurso Intercampus celebrado en Morelia. Espero sus comentarios.
No siento los huesos. Tal vez alguien se los llevó mientras estaba dormido; no sé para qué, mis huesos son tan chicos que no creo que le puedan quedar a alguien. Ayer mamá dijo que no volviera a venir a este bosque, los árboles son muy grandes y me puedo perder, pero a mí me gusta escalar los troncos, aplastar las hojas secas y duras del suelo y luego acostarme a ver cómo los árboles le apuntan al sol.
Desde la primera vez que vine sentí que los árboles se formaban para hacerme un camino que me llevaría muy lejos. Después murmuraban entre ellos moviendo sus hojas, yo creo que querían que me perdiera en el bosque y ya nunca volviera con mamá. Por eso siempre regresaba corriendo a mi casa cuando veía que los árboles aventaban sus hojas amarillas sobre mí.
No sé que pasará con mis huesos, seguramente fueron a buscar el camino para volver a casa y luego van a venir por mí. Ya quiero estar con mamá, debe estar bien preocupada porque no he vuelto desde en la mañana. Yo no me quería perder pero cuando regresaba a mi casa los árboles se formaron haciendo muchos caminos y ya no supe por cual irme. Me quedé de pie esperando que los árboles se cansaran de jugar a que me perdía y me dejaran regresar, pasó mucho tiempo y no se cansaron. Recuerdo que una parvada de hojas secas se acercó a mí lentamente, quise correr y mis piernas estaban dormidas, por más que les dije que se despertaran no lo hicieron. Las hojas se fueron acercando hasta envolverme, me apretaban tanto que me dormí. Nunca había dormido parado, a lo mejor mis huesos se espantaron con las hojas y se fueron a esconder dejándome en esta posición. Yo creo que van a regresar cuando vean que ya desperté.
(fragento)
No siento los huesos. Tal vez alguien se los llevó mientras estaba dormido; no sé para qué, mis huesos son tan chicos que no creo que le puedan quedar a alguien. Ayer mamá dijo que no volviera a venir a este bosque, los árboles son muy grandes y me puedo perder, pero a mí me gusta escalar los troncos, aplastar las hojas secas y duras del suelo y luego acostarme a ver cómo los árboles le apuntan al sol.
Desde la primera vez que vine sentí que los árboles se formaban para hacerme un camino que me llevaría muy lejos. Después murmuraban entre ellos moviendo sus hojas, yo creo que querían que me perdiera en el bosque y ya nunca volviera con mamá. Por eso siempre regresaba corriendo a mi casa cuando veía que los árboles aventaban sus hojas amarillas sobre mí.
No sé que pasará con mis huesos, seguramente fueron a buscar el camino para volver a casa y luego van a venir por mí. Ya quiero estar con mamá, debe estar bien preocupada porque no he vuelto desde en la mañana. Yo no me quería perder pero cuando regresaba a mi casa los árboles se formaron haciendo muchos caminos y ya no supe por cual irme. Me quedé de pie esperando que los árboles se cansaran de jugar a que me perdía y me dejaran regresar, pasó mucho tiempo y no se cansaron. Recuerdo que una parvada de hojas secas se acercó a mí lentamente, quise correr y mis piernas estaban dormidas, por más que les dije que se despertaran no lo hicieron. Las hojas se fueron acercando hasta envolverme, me apretaban tanto que me dormí. Nunca había dormido parado, a lo mejor mis huesos se espantaron con las hojas y se fueron a esconder dejándome en esta posición. Yo creo que van a regresar cuando vean que ya desperté.
(fragento)
Negro cristal
Este fue uno de mis primeros cuentos, fue publicado en una plaquette llamada "Palabras huérfanas".
Un soplo de aire roza tu cara y te despierta. Las redes del techo te asustan un poco al asociarlas con tu última pesadilla. Al levantarte observas a tu alrededor. Todo está oscuro, sólo algunas formas se distinguen por su mayor negrura; caminas hacia ellas al ritmo que un grillo te impone. Te hallas entre cajas. Las miras, las tocas, las sientes.
A tu derecha está una pequeña, del tamaño de un bebé. Al otro lado una caja aterciopelada por dentro. Sigues caminando lentamente. Descubres urnas de hierro, roble, plata, arcilla y papel. Observas cada una con detenimiento. A lo lejos, algo brilla. Al acercarte hallas que se trata de una caja de cristal.
Nunca has visto una así. Tiene un Cristo enorme en la tapa y pequeños ángeles en los costados. Pareciera que emergieron por sí solos, como delfines en un mar traslúcido. La analizas. Es grande y amplia. Piensas que tal vez cabrías en ella. Parece resistente. Además, debe ser interesante estar dentro de una caja transparente. Le das vuelta. Dudas un momento, pero finalmente alzas la tapa y te sumerges.
(fragmento)
Un soplo de aire roza tu cara y te despierta. Las redes del techo te asustan un poco al asociarlas con tu última pesadilla. Al levantarte observas a tu alrededor. Todo está oscuro, sólo algunas formas se distinguen por su mayor negrura; caminas hacia ellas al ritmo que un grillo te impone. Te hallas entre cajas. Las miras, las tocas, las sientes.
A tu derecha está una pequeña, del tamaño de un bebé. Al otro lado una caja aterciopelada por dentro. Sigues caminando lentamente. Descubres urnas de hierro, roble, plata, arcilla y papel. Observas cada una con detenimiento. A lo lejos, algo brilla. Al acercarte hallas que se trata de una caja de cristal.
Nunca has visto una así. Tiene un Cristo enorme en la tapa y pequeños ángeles en los costados. Pareciera que emergieron por sí solos, como delfines en un mar traslúcido. La analizas. Es grande y amplia. Piensas que tal vez cabrías en ella. Parece resistente. Además, debe ser interesante estar dentro de una caja transparente. Le das vuelta. Dudas un momento, pero finalmente alzas la tapa y te sumerges.
(fragmento)
13 febrero 2007
Espantapájaros
Este cuento lo escribí en Septiembre de 2003 y fue publicado el 2004 en el libro "La orilla quemada" por el ITESM-CQ. Trata de dos hermanos que juegan en un campo de maíz con un espantapájaros hasta que éste se hace arisco conforme pasa la temporada y llega la cosecha. Espero sus comentarios! :D
Los surcos se extendían largamente sobre el campo. El aire movía con lentitud las hojas de los árboles plantados en la orilla. Ana y Pablo caminaban con cuidado para no pisar las semillas de maíz que su padre acababa de sembrar. Les llamaba la atención la sombra que se alzaba con forma de cruz en el centro del campo. La primera en llegar fue Ana, aunque era más pequeña siempre caminaba y corría más rápido. Observaron por largo tiempo al muñeco que colgaba de una estaca clavada en la tierra. Sus brazos se sostenían sobre un palo de escoba perpendicular a ésta.
Era la primera vez que su padre ponía un espantapájaros, se había cansado de los cuervos que atacaban el maizal. La cabeza era un balón pintado con cabellos de estambre morado. Llevaba puesto un pantalón con parches, un saco descosido color pasto y un sombrero café. Sus manos eran guantes y sus pies botas. Los hermanos estaban asombrados de su inmovilidad. Fue entonces cuando lo invitaron a jugar con ellos. Él movió su cabeza y volteó a verlos con sus ojos de botón. Ana y Pablo le insistieron. Lentamente se descolgó y se paró frente a ellos.
...
Todas las tardes, después de que su padre terminaba sus faenas en la milpa, Ana y Pablo iban con el espantapájaros. Pero no debían pisar los brotes de maíz que comenzaban a surgir porque él se entristecía y ya no quería jugar. Cada vez sus juegos tenían más reglas para cuidar que no maltrataran la milpa. Él se enojaba cuando lo desobedecían y, aunque no podía hablar, los niños se daban cuenta porque movía sus manos aceleradamente, como si quisiera atrapar algo que se le escapa. Además, aunque los niños caminaban en silencio para evitar que los oyera, él siempre podía escuchar sus pisadas como una voz baja que retumba. Y cuando algo le pasaba a alguna de las varas de maíz, sentía una punzada en la cabeza que lo alertaba.
(fragmento)
Los surcos se extendían largamente sobre el campo. El aire movía con lentitud las hojas de los árboles plantados en la orilla. Ana y Pablo caminaban con cuidado para no pisar las semillas de maíz que su padre acababa de sembrar. Les llamaba la atención la sombra que se alzaba con forma de cruz en el centro del campo. La primera en llegar fue Ana, aunque era más pequeña siempre caminaba y corría más rápido. Observaron por largo tiempo al muñeco que colgaba de una estaca clavada en la tierra. Sus brazos se sostenían sobre un palo de escoba perpendicular a ésta.
Era la primera vez que su padre ponía un espantapájaros, se había cansado de los cuervos que atacaban el maizal. La cabeza era un balón pintado con cabellos de estambre morado. Llevaba puesto un pantalón con parches, un saco descosido color pasto y un sombrero café. Sus manos eran guantes y sus pies botas. Los hermanos estaban asombrados de su inmovilidad. Fue entonces cuando lo invitaron a jugar con ellos. Él movió su cabeza y volteó a verlos con sus ojos de botón. Ana y Pablo le insistieron. Lentamente se descolgó y se paró frente a ellos.
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Todas las tardes, después de que su padre terminaba sus faenas en la milpa, Ana y Pablo iban con el espantapájaros. Pero no debían pisar los brotes de maíz que comenzaban a surgir porque él se entristecía y ya no quería jugar. Cada vez sus juegos tenían más reglas para cuidar que no maltrataran la milpa. Él se enojaba cuando lo desobedecían y, aunque no podía hablar, los niños se daban cuenta porque movía sus manos aceleradamente, como si quisiera atrapar algo que se le escapa. Además, aunque los niños caminaban en silencio para evitar que los oyera, él siempre podía escuchar sus pisadas como una voz baja que retumba. Y cuando algo le pasaba a alguna de las varas de maíz, sentía una punzada en la cabeza que lo alertaba.
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